El país de los semáforos

Té del día: English breakfast

Aprendí a manejar cuando tenía 16 años. Me ponía muy nerviosa, al volante de un diminuto coche estándar, y le tenía pánico a los semáforos pues en cada alto había la posibilidad de que no pudiera arrancar de nuevo cuando se ponía en verde.

Pero hubo algo más a lo que tuve que enfrentarme muy rápido y fue a la gente del semáforo.

Niños vendiendo dulces, viejitos pidiendo dinero, malabaristas, gente del periódico, personas sin extremidades, vendedores de Bon Ice, payasos, limpia-parabrisas, mujeres y hombres vendiendo desde botanas (churros, papas, cigarros), peluches, rompecabezas, cargadores de celular, hasta libros de ortografía (lo he visto).

Cambian dependiendo la temporada y el clima. En septiembre banderitas y bigotes, en febrero flores y dulces. Es verdaderamente un pequeño mercado donde te venden hasta lo que no crees que se podría vender.

Pero también es una mina de gente con problemas. Drogadictos, niños que viven en la calle, y sobre todo, mucho mucho desempleo.

Pásele, pásele

Verán, a mis cortos 16 años por supuesto que había visto a la gente del semáforo, pero nunca había tenido que enfrentarme directamente a ellos. No sabía lo difícil que podía llegar a ser desde mi parte de estar sentada frente al volante y no saber cómo hacer para que dejaran mi coche en paz. Pero tampoco me podría imaginar cómo puede ser vivir “trabajando” en los altos. Yo como conductora, con el tiempo me volví insensible.

Ver a una señora sentarse en el camellón mientras tres niños, aparentemente sus hijos, corrían entre cada semáforo para vender chicles. Pasar por el mismo lugar todos los días, y ver todos los días a la misma señora con muñecas de tela, cruzando entre los autos.

Gritar que no una y mil veces a los limpiaparabrisas necios. Todas esas experiencias, todos los días durante años y años me volvieron, como dije insensible de cierta manera. Y eso es muy triste.

Me parece un problema terrible y a la vez fascinante. La cantidad de cosas que te pueden ofrecer en los ¿dos, tres minutos de alto? Pero también pienso que si le diera dinero a todas las personas que veo, me quedaría sin comer yo.

En tan sólo un viaje de mi casa a la escuela pude contar 10 semáforos, en los cuales en al menos 6 había gente del semáforo. Uno se acostumbra y ellos también, pero es un fenómeno que me parece bastante triste, como dije antes.

Quizá esta vez no tenga una conclusión pues me debato mucho sobre este tipo de cosas. Y sí, probablemente siga siendo insensible y cerrando las ventanas cuando me acerque a un alto, aunque en estos tiempos creo que ya no soy culpable.

¿Qué opinan ustedes?

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