¿Qué se siente exponer un cuadro?

Té:  de durazno
Galletas: de animalito.

Hace algunos años dedicaba más de cuatro horas diarias a estar sentada en un baquito color naranja fosforecente en un aula de ventanas amplias donde la luz del atardecer formaba sombras de formas caprichosas .

Casi siempre estaba sentada junto a otras personas más grandes que yo , con mis lapices, una goma y un exacto aún lado, con el peso de una tabla de madera sobre las piernas, sentía como se astillaba y de repente terminaba con los pantalones llenos de migajas del borrador.

¿Cómo llegué ahí? Quería dibujar, me gustaba dibujar. Mi madre una navidad ignoro lo que yo había pedido como regalo y llego con papel marquilla y colores. 250 colores prismacolor profesionales. Gaste muchos en burradas y dibujos de caricaturas que vendía en cinco pesos.

Al final se harto de que desperdiciara los colores y los lapices . Me llevo a Bellas Artes, ella es ex alumna de ese lugar me acompaño una tarde con algunos de mis dibujos, tenia trece años.

Debería haber entrado a pintura infantil, sí aún. Pero el profesor Raúl era su nombre me acepto en su clase, me inscribí con un secretario que aún recordaba a mi madre de su época de estudiante, ( aún sigue ahí por cierto es encantador) .

Mis rutinas cambiaron, a las cuatro en punto yo estaba ya sentada en mi banca con un modelo delante de mi. La maestra Cony y el profesor Juan Carlos, me hacían observaciones y elogiaban mis progresos. Debo decir que era gratificante ver que dibujaba mucho mejor que algunos adultos.

Mis modelos siempre giraban entorno a cráneos y velas. Después pase a cosas más abstractas como ese pingüino que hoy cuelga en las escaleras de mi casa.

En mi primer exposición, entraron dos cuadros, uno de los cuales lo termine media hora antes de la selección de participantes, aún esta colgado en mi sala, es uno de mis mayores orgullos, casi estrangulo a mi hermano cuando lo lleno de aceite.

Después pase al pastel y a los colores… y fue ahí cuando mi adolescencia se hizo presente y dibuje una muñeca, sí una muñeca. De ojos violetas que flotaba entre cubos de preescolar. La odie.

La odie con toda mi alma, deje en ese dibujo rencores y corajes. Todos la adorarón, ¡Incluso aparece en la invitación a la exposición! La colocaron en un lugar de honor en mi última exposición, si.. fue la última. El maestro Raúl estuvo ahí al inició pero no llego a ver su final.

Enfermo en el proceso de creación de ese cuadro. Esa muñeca fue el cuadro que más le gusto a mi madre de todos los que hice esos años, el que más le gusto a todos, no voy a negar que me lleno de satisfacción ver  la expresión en las caras de las personas al ver esa muñeca, al verme a mi aún lado.

Tenia un preció alto. O sí, pero no pude deshacerme de ella si no hasta que mi madre la llevo a enmarcar y se quedo ahí, jamás fui a recogerla, cuando me la reclamaba iba a preguntar, el hombre jamás tuvo listo el marco. Dejamos pasar varios años y bueno ya sabrán, la tiraron.

Mi mamá se enojo, sí y mucho, pero no tienen idea de lo bien que me sentí al saber que no volvería a verla.

Exponer un cuadro te puede traer orgullo, satisfacción, momentos alegres e inflarte el ego… o también puede poblar tus pesadillas. Así de simple, todo depende de que signifique para ti, lo que esta ahí colgado de alguna pared.

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