Los «privilegios» de ser mujer

Muchas veces me han dicho que ser mujer tiene privilegios. Que nos tratan mejor. Muchas veces, al lado de esa afirmación, viene la de que el feminismo ya no tiene sentido porque tengo privilegios como mujer (exclusivamente). La idea de esta entrada nació a raíz de un hilo que la maravillosa @TheAnitaAlvarez publicó en Twitter después de que ambas leyéramos un artículo que negaba la existencia del patriarcado y afirmara que el feminismo no servía para nada porque hombres y mujeres ya éramos iguales. Pues bien, me puse a pensar, si las mujeres tenemos privilegios, ¿cuáles son?

Tengo el indudable privilegio de tener miedo siempre que ando sola de noche, con el celular listo para llamarle a alguien o las llaves entre las manos. El privilegio de voltear atrás para ver si nadie me sigue. El privilegio de que, si algo me pasa, la primera pregunta que me harán será ¿qué traías puesto?, ¿por qué ibas sola?, ¿bebiste? Tengo también el privilegio de que, probablemente, si me violan o acosan sexualmente, mucha gente dirá que yo me lo busqué o que yo estaba provocando. Tengo el privilegio de que me aconsejen no vestir minifaldas porque ¿y si me violan?

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Tengo el privilegio de necesitar vagones especiales de mujeres en el metro o sección especial en el metrobus o transporte público exclusivo para mujeres porque si no, de otro modo, casi con seguridad sufriré acoso. Tengo el privilegio, además, de que los hombres no respeten esos lugares e insistan en usarlos y además, se ofendan cuando se los haces notar. Tengo el privilegio de que me griten vulgaridades en la calle, en la escuela, en el transporte y casi en cualquier lugar para después decirle que es sólo un piropo (sin preguntarse que tan incómodo es para mí que lo hagan).

Tengo el privilegio de que la gente me pregunte si quiero tener hijos y cuando respondo que no, cuestione esa decisión diciéndome que ya me llegará el reloj biológico. Tengo el privilegio de que en las entrevistas de trabajo me pregunten sobre mis métodos anticonceptivos o si deseo tener hijos y elijan no contratarme en base a mis respuestas. Quizá podrían argumentar que, en caso de divorcio (y de pelea por la custodia de los hijos), el juez me concederá la custodia porque soy la madre, pero ese supuesto privilegio sólo está ahí porque la sociedad dicta que yo, cómo mujer, debo cuidar a mis hijos. Al padre sólo le dice que debe proveerlos. ¿Sigue siendo un privilegio?

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Tengo el privilegio de que como mujer me consideren el sexo débil y, por eso, me cedan el asiento. Tengo el privilegio de que, además, la gente no se de cuenta de que me ceden el asiento porque la sociedad me considera como un miembro del sexo débil y me digan que eso es un privilegio. Además, como las mujeres son consideradas el sexo débil, muchas veces, hacer algo «como mujer» es insulto: pegar como mujer, correr como mujer, etcétera.

Tengo el privilegio de que que me digan que, si no sé cocinar, no voy a conseguir marido. Tengo, también, el privilegio de que me juzguen con base en si sé o no sé hacer las labores del hogar, pero no juzguen a los hombres. Tengo el privilegio de que la gente espere que, si me caso, yo haga el quehacer. Tengo el privilegio de que los hombres crean que «me» ayudan, en vez de hacer su parte del trabajo.

Tengo el privilegio de que me llamen feminazi o hembrista por reclamar los derechos y la equidad de género. A veces, también el privilegio de que me acusen de misandria. Tengo el privilegio de que los hombres, que no sufren discriminación por su género, me expliquen por qué yo no necesito el feminismo.

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Tengo el privilegio de que, además, asesinen a miles de mujeres diariamente sólo por su género. Tengo el privilegio de vivir en uno de los países donde el feminicidio es más grave en el mundo, pero por alguna razón, la gente se obstina en decir que ya no necesito al feminismo.

Tengo el privilegio de que, probablemente, en algún trabajo me vayan a pagar menos de lo que le van a pagar a un hombre. También tengo el privilegio de que la gente asuma que no soy lo suficientemente inteligente para estudiar una carrera de ingeniería y que si llegué hasta donde he llegado, es sólo porque un hombre me ha ayudado. Tengo el privilegio de que se burlen de mi elección de carrera y sin conocerme, hagan chistes sobre que sólo las marimachas estudian ingeniería o que las mujeres en ingeniería tenemos bigote. Tengo el privilegio de que, a veces, desmerezcan las calificaciones que saco porque asumen que me las regalaron por mi condición de mujer.

Tengo el privilegio de que los hombres desmerezcan mis gustos literarios porque prefiero a las escritoras que a los escritores. Junto a ese, viene el privilegio de que me expliquen porqué Cumbres Borrascosas de Emily Brontë no es relevante y que Jane Austen sólo escribe culebrones. Tengo el privilegio de que si digo que escribo, se asuma que escribo literatura romántica porque, para algunos y algunas, es lo único que las mujeres podemos escribir. Tengo el privilegio de que me expliquen cosas que ya sé y, aún cuando hago notar que ya las sé, insistan en seguir explicádomelas.

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Tengo el privilegio de que los medios hagan de mí como mujer un objeto: la chica del clima que más que del clima es la chica que enseña los implantes, las edecanes en poca ropa, los promocionales de películas en los que las mujeres aparecen con poca ropa y actitudes provocadoras, los múltiples comerciales en que la mujer es sólo un trofeo a ganar… podría seguir hasta el infinito. Tengo el privilegio de que me juzguen por cómo me veo o cómo me visto, antes que por mis conocimientos.

Tengo el privilegio de que, si estoy de mal humor, automáticamente asuman que estoy en «mis días». Tengo el privilegio de que sobre mi menstruación pese un tabú que nadie se atreve a tocar. Tengo el privilegio de que en algunos lugares del mundo, se considere a las toallas sanitarias, a los tampones y demás productos por el estilo, como productos de lujo en vez de productos de primera necesidad. Por claro, evidentemente, desangrarme cada vez es un privilegio.

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Tengo el privilegio de necesitar pagar una consulta casi siempre carísima para obtener una receta de anticonceptivos en vez de tener acceso fácil a esa consulta y a los anticonceptivos. El privilegio de que los políticos decidan las legislaciones sobre mi cuerpo sin escucharme y tengan el poder de prohibirme abortar. Tengo el privilegio de que, en algunos estados de la República, me encarcelen si aborto. Además de eso, tengo el privilegio de que la gente me juzgue si tengo hijos muy joven y toda la responsabilidad de un embarazo no deseado recaiga en mí.

Tengo el privilegio de que me llamen frígida (a mi cara o a mis espaldas) si soy virgen, pero también el privilegio de que me califiquen de puta si ya he tenido sexo. No hay puntos medios: es una trampa. Tengo el privilegio de que si salgo con muchos hombres, soy una prostituta; no como el hombre que sale con muchas mujeres, que automáticamente se vuelve una clase de ejemplo a seguir. Tengo el privilegio, además, de que se siga perpetuando la idea de «desarreglada pero inteligente» vs «arreglada, pero hueva».

ni santa ni puta

Tengo el privilegio de que me den consejos de cómo vestirme para mi novio o que me digan que los hombres prefieren a las mujeres con poco maquillaje sin pensar que tal vez yo no me arreglo para nadie más que para mí. Tengo el privilegio de que la gente crea que, si me visto con una minifalda, distraigo a los hombres y que con un bikini, haré que piensen cosas vulgares de mí, pero definitivamente no tengo el privilegio de que la gente se pregunte qué pensamientos provocan en mí los hombres en traje de baño.

La lista no acaba allí, es inmensa. Pero no podría ponerlos todos porque no acabaría nunca. Así que pongan aquí abajo sus privilegios (si quieren aportar algo, yo de verás de los agradecería). Sí, tengo muchos privilegios, pero la verdad, es que ninguno me cayó del cielo por ser mujer.

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2 comentarios en “Los «privilegios» de ser mujer

  1. Lhya Alejandra dijo:

    Tengo el privilegio de que en la cancha, jugando fútbol, los chicos no me pasen la bola porque corro como chica y pateo como chica. Tengo el privilegio de aprender a cocinar y limpiar, porque si no puedo hacer estas dos cosas, mi marido no me va a “aguantar”. Tengo el privilegio de mantener una charla exhaustiva sobre sexualidad, sobre cómo cuidar mi virginidad, pero que mis padres no consideren necesario tener la misma charla con mi hermano porque es un chico.

    Sobretodo, tengo el privilegio de necesitar educarme a mí misma sobre mis derechos como mujer, porque nadie más a mi alrededor se molestó en hacerlo.

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