«Y si Adelita se fuera con otro»: Las soldaderas de la Revolución Mexicana

Igual y Adelita quería irse, caray, y no quiere que la sigas por tierra ni por mar, ni en un buque de guerra, ni en un tren militar. Ahora, gracias a ese corrido que oímos todos los 20 de Noviembre, las soldaderas son conocidas como Adelitas. «¡Ay! ¡Que linda, te vestiste de Adelita!» Yo he sido Adelita (o soldadera) más de diez veces, desde que tengo uso de razón, memoria y voy al kínder. Nada más que a mí me contaron una historia que sonaba bonita, donde las mujeres podían pelear y se unían a la revolución por voluntad propia. A mí no me contaron que las soldaderas lo dieron todo por la revolución y, a cambio, la revolución no les dio nada. Ser Adelita, con las trenzas, el vestido, el rifle de juguete y la munición de cartulina, era orgullo. Lo fui muchas veces. Nada más que las soldaderas no tienen nada que ver con la romántica visión que tenemos de Adelita; chale. Las soldaderas fueron otras.

Sin las soldaderas, los soldados no hubieran comido ni dormido ni mucho menos peleado, dice Katya Maldonado Tavillo. Las soldaderas fueron el corazón de la revolución mexicano, se fueron siguiendo a los soldados o fueron arrastradas hasta el corazón mismo de la guerrilla porque alguien tenía que hacer las tortillas, alguien tenía que cocinar, alguien tenía que cuidar a los niños. Sin las soldaderas, no hubiera habido revolución, nada más que se nos olvidaron los nombres de todas (por que algunas ni tuvieron); ellas eran cocineras, lavanderas, madres y esposas. ¿Por qué estoy escribiendo yo de ellas si yo no soy historiadora? Porque quiero conocerlas más. Escribir es una forma de obligarme a  leer y a desprenderme del mito de la Adelita, que sí, suena bonito, pero que no fue exactamente la realidad.

Elena Poniatowska escribió un ensayo sobre Las Soldaderas, hoy publicado en su libro, Las Indómitas. También entrevistó a una durante mucho tiempo y publicó un libro sobre su vida, Hasta no verte Jesús mío, donde Josefina Bórquez se convierte en Jesusa Palancares y, por primera vez, nos enfrentamos a un rostro de México y de la Revolución que a menudo es ignorado, hecho menos, presentado en el fondo y haciendo bulto: las soldaderas.

La mayoría de los soldados se procuraban mujeres que los atendieran. Unos se llevaban a las esposas para que les hicieran las tortillas, pero la mayoría eran mujeres raptadas de las tropas enemigas o de los pueblos donde iban pasando. Otras soldaderas eran libres, seguían a la tropa, tenían a su hombre, les vendían carne seca y se aseguraban que no se murieran de hambre. De los revolucionarios, Villa fue el que peor trató a las mujeres y Zapata fue quien les dio el trato más digno. Dentro de las tropas Zapatistas florecieron las coronelas, como Rosa Bobadilla, o Juana Ramos (La Tigresa) o Carmen Parra de Alanís. Hubo mujeres comandantes de guerilla y hasta generalas, como Carmen Vélez, que mandó a más de trescientos hombres. Entre los carrancista también hubo tenientes mujeres, como Petra Ruiz o Petra Herrera, que formó su propia brigada.

Villa, en cambio, alejó a las mujeres del campo de batalla, advirtiéndole a sus soldados que no llevaran a sus soldaderas al campo de batalla. Un soldado lo intentó, sin embargo. Villa lo fusiló como advertencia a los demás. Villa también mandó matar soldaderas, las ejecutó cuando intentaron matarlo y se negaron a delatarse entre ellos. Durante la revolución Mexicana, las soldaderas no eran exactamente bien vistas: si hoy las honramos a todas como Adelitas, porque se nos olvidaron sus nombres y conocemos sus caras sólo por las fotos de Casasola, Jorge Guerra y las películas de Salvador Toscano, en el pasado fueron llamadas vivanderas, comideras, galletas de capitán, soldaderas, chimiscoleras, soldadas, juanas, cucarachas, argüenderas, mitoteras, busconas y hurgamanderas.

No obtuvieron ningún reconocimiento, más que el de la Adelita y todos los corridos que le siguieron. Le dieron todo a la revolución y la revolución les quitó todo. Porque una vez que acabó, ¿qué les quedaba? No era bien visto que una mujer peleara, que llevara un arma, que fuera soldado. Muchas ni siquiera recibieron pensión porque no eran parte oficial del ejército o porque eran muy jóvenes para volverse a casar (y el Estado no les iba a andar pagando por eso, que la vida se las pagara el marido). A la hora de la hora, lo único que nos queda son los vestidos de cada 20 de Noviembre y alguien que entona, siempre en una versión diferente, «Y si Adelita se fuera con otro».

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